Una de las tantas experiencias con el Santo Padre, en mi estancia en Roma, y que dejó huella en mi vida, fue la del 15 de Diciembre del 2006 en la Basílica de San Pedro, en Roma. Ese día era el tradicional encuentro de jóvenes universitarios de Roma, al inicio del periodo escolar con el Santo Padre, que se tenía anualmente. Recuerdo aquel momento con gran alegría. Todo el cuerpo de seguridad se disponía para recibir al Papa y la gente que ahí se encontraba comenzaba a hacer relucir su entusiasmo y típico alboroto por querer saludar el santo padre. Y ante eso, los guardias nos pedían que guardáramos la calma, que el papa saludaría, y desgraciadamente yo estaba en el lado opuesto y me dije: al menos voy a tenerlo cerca una vez más.
Pero tal fue mi sorpresa al saber que al término de la celebración saludaría el lado en el cual yo me encontraba. Y entonces pensé: cuando lo tenga frente a mí ¿qué le voy a decir?, si es que El Señor me concede esta gracia. Y comencé a formular un poco ese encuentro y las palabras que le diría. Total que entró a la Basílica y dio inicio el encuentro de los universitarios con el Papa. Todos los jóvenes manifestaban su alegría y sus gritos, típico de un joven. Inició la celebración, dio su mensaje y daba por terminado el encuentro. Comenzaba a bajar del altar e iniciaba su recorrido de salida saludando a los presentes, mi corazón comenzaba a palpitar más fuerte cada vez que se acercaba y, los gritos y entusiasmo de los jóvenes se hacían más cercanos. Por fin de nuevo lo tenía cerca, estaba frente a mí, a unos cuantos pasos y de improviso ya estaba cara a cara. Todo mi discurso, que había preparado, en ese momento no tenía importancia, me quedé paralizado, ¡tenía al Papa enfrente!
Pude contemplar su rostro lleno de paz, notaba en él una gran sencillez y una gran sonrisa. El Papa me veía y yo a él. Tomé su mano y bese el anillo -como es costumbre- y él sólo me sonreía. Y después de esto se alejó y continuó saludando, yo quedé con una grandísima alegría, pero al mismo tiempo pensé: ¿por qué no le pedí su bendición?… Ya estaba a una distancia de dos o tres metros. Entonces se me vino a la mente gritarle: ¡Santo Padre su bendición! Mi grande sorpresa fue, que a pesar de todo el tumulto, me escuchó e identificó mi grito, se volteó, me vio de nuevo y se regreso… De nuevo lo tenía ante mí. Y de improviso, se formó un gran silencio. El Papa me impartía su bendición en mi frente. Desde ese momento mi vida cambiaba de alguna manera, el Santo Padre me había dado la bendición, había recibido una grandísima gracia incalculable.
¿Qué más que esto podía recibir?... Recibía la bendición del sucesor de Pedro que visita nuestro país. El Papa, no es como generalmente lo describen. Es una persona atenta, de diálogo, sencilla, de mucha oración y con un grandísimo amor a la Iglesia. Y un gran ejemplo a seguir.
ignacio.bautista@ccr.org.mx

3 comentarios:
¡Quack! Ignacio, estuvo padrísimo ese encuentro, ¡hasta se regresó! Fuiste valiente y le pediste la bendición. Está padrísimo el relato. Gracias por compartirlo. Desde acá en Puebla te saludamos. JP CCR.
Que gran alegría. Ojalá que también muchos jóvenes sientan igual cuando el Papa esté en México.
Dios te bendiga.
Saludos
Bety Barrera T.
Grata experiencia! hermano...me puedo imaginar tu gran alegría. Esperemos que en esta proxima venida, suceda algo parecido. VCR!!
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