17 de mayo de 2012

Directrices del Papa


El 23 de mayo, Latinoamérica se acordará que exactamente dos meses antes fue visitada por el sucesor de Pedro número 265, Benedicto XVI. Entonces, tal vez sea momento de reflexionar cuánto han arraigado sus palabras en nuestro corazón, de preguntarnos cuán atentos hemos estado a las palabras del Pescador. Por eso, este artículo está dirigido a recordar la homilía que el Santo Padre predicó el domingo 25 de marzo en el Parque Bicentenario. Cabe destacar que se dirigió expresamente a naciones católicas, marianas y que están en el centro de una nueva evangelización (Cf.  Las palabras del Papa)

Su prédica comienza con una petición del salmo 50: “Crea en mí, Señor, un corazón puro”. Explicándolo desde el contexto de Israel, el Papa nos señalaba que a partir de la conciencia del mal y del pecado prácticamente imposibles de superar, surge  esta súplica de un corazón puro y humilde. Porque las situaciones insoportables, oscuras y sin futuro nacen de nuestro corazón, y nuestra impotencia ante esta realidad nos lleva a rogarle al Señor infinitamente misericordioso para que nos transforme.

A partir de aquí, el Papa nos lanzó la primera directriz: la actitud del corazón totalmente humillado y confiado en el Señor, “nos puede recordar hoy a cada uno de nosotros y a nuestros pueblos que, cuando se trata de la vida personal y comunitaria, en su dimensión más profunda, no bastarán las estrategias humanas para salvarnos. Se ha de recurrir también al único que puede dar vida en plenitud, porque él mismo es la esencia de la vida y su autor, y nos ha hecho partícipes de ella por su Hijo Jesucristo”. ¿Qué quiere decir esto? Que debemos aceptar que la salvación, la vida y la plenitud solamente se nos dan en el encuentro con Cristo.

Ahora, ¿dónde se nos da ese encuentro? ¿Qué respondió Jesús a los griegos que lo buscaban? “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado” (Jn, 12, 23); glorificación que se da en la Cruz. Aquí está la segunda directriz: el encuentro con Cristo se da en la Cruz. Por la Cruz llegamos al verdaderísimo Dios, por quien se vive, al Creador de las personas, de la cercanía y de la inmediación, del Cielo y de la Tierra.

Y a través de la Cruz comprendemos también cómo es la realeza de Cristo. La tercera directriz está en comprender que Él es Rey y su reinado, que nadie le podrá quitar ni debe olvidar, se fundaen un poder más grande que gana los corazones: el amor de Dios que él ha traído al mundo con su sacrificio y la verdad de la que ha dado testimonio.” Y no en la fuerza ni la violencia.

Después de señalarnos que la salvación la encontramos en Cristo, que a Él lo encontramos en la Cruz y que Él es Rey desde la Cruz, Su Santidad nos recordó cómo hay que acoger el Reino: “para que Dios habite en nosotros, hay que escucharlo, hay que dejarse interpelar por su Palabra cada día, meditándola en el propio corazón, a ejemplo de María”. De esta forma crecerá nuestra amistad personal con Él, aprenderemos lo que espera de nosotros y recibiremos las fuerzas para llevarlo a los demás.

El “llevarlo a los demás” es la cuarta directriz. El Papa Benedicto hizo una especial referencia a Aparecida. Nos pidió revitalizar la fe en nuestro continente “desde el encuentro personal y comunitario con Jesucristo”. Nuestra misión es superar el cansancio de la fe y recuperar la alegría del ser cristianos, alegría de la que brotarán “las energías para servir a Cristo en las situaciones agobiantes de sufrimiento humano, para ponerse a su disposición, sin replegarse en el propio bienestar”. El Papa nos urgió a compartir la fe.

Estas fueron las cuatros directrices que podemos encontrar en la Homilía del Papa; mas, para finalizar, no olvidemos la amorosa petición con la que se dirigió a la Virgen al terminar: “Pidamos a la Virgen María que nos ayude a purificar nuestro corazón, especialmente ante la cercana celebración de las fiestas de Pascua, para que lleguemos a participar mejor en el misterio salvador de su Hijo, tal como ella lo dio a conocer en estas tierras. Y pidámosle también que siga acompañando y amparando a sus queridos hijos mexicanos y latinoamericanos, para que Cristo reine en sus vidas y les ayude a promover audazmente la paz, la concordia, la justicia y la solidaridad. Amén.”


pablotomas.patrito@ccr.org.mx

14 de mayo de 2012

...porque ellos verán a Dios


¿Qué podríamos pedir con mayor ansiedad, qué dicha más grande puede existir, que estar cara a cara con Dios?

Solamente manteniendo limpio el corazón podremos lograrlo. Pero ¿cómo puede el hombre, en medio de un mundo lleno de tentaciones que nos orillan a los placeres más bajos de la carne y del pecado, mantener puro su corazón? San Agustín nos tiene una respuesta, él escribió: “Creía que la continencia dependía de mis propias fuerzas las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba escrito: que nadie puede ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo dieras, si con interior gemido llamase a tus oídos y con fe sólida arrojase en ti mi cuidado.” [1]

Es la pureza e inocencia en el corazón de un niño lo que le hace vivir sin ningún temor sabiendo que su madre vela por él. ¿Qué nos ha sucedido que vivimos con miedo como si no hubiera un Padre que vela por nosotros?  ¿Qué no estoy yo aquí que soy tu Madre? No tengamos miedo a presentarnos ante el Padre como un hijo pequeño pidiéndole nos conserve el corazón sencillo.

La pureza en el hombre se puede mantener si nos olvidamos de nuestros caprichos de “gente adulta” y aceptamos vivir con un corazón de niño. Un niño olvida con facilidad las ofensas que le han hecho, no se enreda ni se complica; no busca lo extraordinario; pero encuentra siempre en lo ordinario algo extraordinario.

Cada uno ha de tener “piedad de niños y doctrina de teólogos”, solía decir Monseñor Escrivá de Balaguer. Tampoco escudemos en el “corazón de niños” nuestra ignorancia; sino que más bien busquemos a través de la formación, darle un sentido más profundo a nuestras devociones y piedades.

El mayor ejemplo de pureza y sencillez, sin duda lo encontramos en nuestra Madre: ella nos enseña a tratar a su Hijo dejando a un lado las fórmulas complicadas y a pedirle un corazón sencillo y lleno de amor, sin doblez alguno; acercándonos a Dios, confiando que siendo Él nuestro padre cuidará de sus pequeños hijos con el amor de una madre.

Recurramos a la maestra de la infancia espiritual, Santa Teresa del Niño Jesús, para que nos enseñe a vivir delante de Él como hijos, como hijos pequeños siempre necesitados de su amor; para así poder un día verlo a Él. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

gerardo.valle@ccr.org.mx

[1] Confesiones libro 6, 11, 20

10 de mayo de 2012

Mi Dios escondido


Lucia, Jacinta y Francisco tres pastorcitos que sintieron gran interés  por la oración, niños realmente comprometidos para la salvación de aquellas almas perdidas que negaban a Dios. Estos pequeños videntes tuvieron grandes experiencias espirituales, Dios se había fijado en ellos para revelarles grandes cosas.  Gracias a la obediencia de Lucía,  por sus escritos podemos saber lo que ocurrió aquel  13 de mayo de 1917, los tres niños nos enseñan bastante.

Estos pastorcitos dieron prueba de gran firmeza en su fe, de disponibilidad a lo que la Virgen les pedía y una gran docilidad. Por esta docilidad, entrega y amor a Dios, Él les permitió ser partícipes de una probadita de su Divinidad, haciendo que la Virgen -en la advocación de Fátima- les revelara acontecimientos que en esa etapa de la historia estaban pasando, y otras que estaban por ocurrir en un tiempo no muy lejano. La Virgen de Fátima les confió tres secretos, que la Hermana Lucia después reveló completamente. Una de las visiones reveladas a ellos fue la del infierno, que si bien fue impactante para estos tres niños, tras esta visión los niños se comprometieron a hacer sacrificios para la salvación de las almas, pues aquello que vieron les causó una gran pena que las almas llegaran a ese estado de soledad y sufrimiento eterno.  Sus sacrificios fueron principalmente por amor a Dios y para salvación de aquellas almas, para que se arrepintieran de ofender a Dios,  aquellas que condenadas a estar lejos de la presencia de Él,  no tenían otro fin que este. 

Fueron testigos de la Gloria de Dios, que en unas cuantas líneas  la hermana Lucia recuerda y que quedaron cortas a lo que realmente pudieron ver los pastorcitos. Por consiguiente sus sacrificios fueron más intensos: pasando de abstenerse de algún alimento agradable para ellos a ponerse una soga en su cintura haciendo presión día con día hasta sangrar. Dios miró esta gran disposición, se compadeció y mando a un ángel para decirles que no le gustaba que la trajeran todo el día, que sólo se la quitaran para dormir. Estos valientes niños solo querían salvar almas para Dios y querer profundamente ver a Dios cara a cara y consolarle, pues en una de las apariciones de la Virgen de Fátima, les comunicó que Dios ya estaba demasiado dolido y triste con tantas ofensas que le hacían y por este mensaje lo más que deseaban era consolarlo con sacrificios y oraciones.

No sólo  la Virgen se les apareció, sino en otra ocasión también se les apareció  un ángel que les mostró una Hostia en el aire que estaba sangrando, cuyas gotas caían en un copón, por este suceso deseaban ferverosamente comer y tomar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues sabían que El había muerto para salvación de la humanidad, que es alimento del alma y que había querido quedarse con nosotros. Y al Gran Sacrificio le llamaban con gran ternura y amor “mi Dios escondido”.

Estos niños fueron valientes, son ejemplo de ello, pues su propia familia no quiso creer en aquello tan grande que vieron, que les obligaba a ir en contra de lo que en verdad pasó: tentados a mentir de tal suceso, prefirieron ser fieles a la verdad y terminar  en la cárcel.
Jacinta y Francisco, cayeron en cama por enfermedad, esta misma les causó grandes dolores que resistieron y ofrecieron para la salvación de las almas. Ellos sabían por medio de la Virgen de Fátima que morirían, mientras que Lucia aun tenía que cumplir  su misión.

Una visión que causó controversia en la Iglesia fue la del obispo de sotana blanca que iba hacer herido e iba a sufrir en su pontificado. Tiempo después en el pontificado del ahora Beato Juan Pablo II, el Papa recibió algunos balazos en la fiesta de la Virgen de Fátima -el 13 de mayo-.

Sin duda estos niños están contemplando ya no a su “Dios escondido” sino a su Dios en toda su Gloria. En este mes de mayo, tomemos el ejemplo de aquellos tres pastorcitos, que siendo muy pequeños, entregaron su dolor y sufrimientos a Dios.

 josemanuel.hernandez@ccr.org.mx

7 de mayo de 2012

Bienaventurada Virgen María


En este mes de mayo hay que tener presente el amor de Nuestra Madre del Cielo,  en realidad durante todo el año y durante toda nuestra vida.  Tenemos que recordar siempre cómo es que la Virgen María nos ama y nos permite llegar a Cristo de una manera muy especial.

La Virgen María es la creatura más bienaventurada porque ha nacido sin la culpa del pecado original y porque es Madre de Nuestro Señor Jesucristo. Sin el sí que María dio durante la visita del Arcángel Gabriel, Nuestro Glorioso Redentor no se hubiera hecho presente en el mundo para efectuar su misión salvadora. El trabajo que María realizó al educar a Jesús, el cariño con el que lo cuidó al ser un niño, el modo en que lo acompañó durante toda su vida y el amor de Madre que siempre mostró a su Hijo amado no nos permite más que exclamar: ¡Bienaventurada seas Virgen María, porque has llevado en tu seno a Quien ha resucitado por nosotros!

Bienaventurada seas María porque en tu pureza nos muestras tu cariño de Madre. Bienaventurada seas, porque en tu fidelidad nos permites alcanzar a Nuestro Señor Jesucristo. Bienaventurada seas María, porque nos proteges siempre con tu manto y nos libras de las puertas del infierno. Bienaventurada seas María porque eres pilar de la Iglesia, ya que eres Reina de los apóstoles. Bienaventurada seas, porque en tu corazón padeciste los dolores de la Cruz y nos permites acercarnos al misterio de Cristo. Bienaventurada seas oh Madre del Cielo porque eres llena de Gracia, porque no has conocido el pecado. Bienaventurada seas, porque intercedes por nosotros que somos pecadores. Bienaventurada seas Madre, porque tu amor es incalculable.

Todas estas alabanzas que tributamos a nuestra Santísima Madre tienen que ser repetidas diariamente con el arma que ella misma nos ha dado: el Santo Rosario. No existe devoción más sublime para tributar el amor que tenemos a nuestra Madre que repetir constantemente estas palabras: Ave María… Podrá parecer monótono, pero el Rosario es una oración fortísima, que realizada con devoción nos alcanza gracias abundantes. El Rosario nos acerca más a la pureza, nos libra del demonio (María ha prometido a aquellos que recen fervorosamente esta oración librarlos del infierno). El rezo del Santo Rosario es también un medio privilegiado para meditar los misterios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, pues cada vez que lo rezamos acompañamos a Cristo en los distintos momentos de su vida pública.  En fin, de entre todas las oraciones que podemos hacer para acercarnos más a María y a Cristo el Rosario es sin lugar a dudas fundamental. 


rafael.guerrero@ccr.org.mx

3 de mayo de 2012

La Fiesta de la «Santa Cruz»

La cruz de Jesucristo es un “signo” para los cristianos. Es la «Santa Cruz». Ella está cargada de un grandísimo significado, pero hay que recordar que no siempre fue así.

La cruz la relacionamos primeramente, después de hacerlo a la muerte de Jesucristo, a los romanos. Fueron ellos que ejecutaron la sentencia de muerte dictada por los judíos. La cruz era un instrumento de tortura, en ella eran condenados a morir los malhechores, aquellos que habían cometido cosas terribles. En el caso de Jesús, Pilato, quien fue su juez y que lo mando crucificar por petición de los judíos, se asombró que le pidiesen para Jesús semejante condena. Para darnos cuenta de esto, basta leer los pasajes que se refieren a la pasión y que se encuentran en los evangelios. En ellos encontramos el significado que para nosotros tiene la cruz. Ella está cargada de dolor y sufrimiento, en ella va el peso de todos nuestros pecados, es signo de dolor, pero más que eso, es signo de amor, porque por medio de ella Cristo murió para salvarnos.

Es propiamente por este inmenso acto de amor, de Dios para con nosotros, que nuestra Santa Madre la Iglesia, nos invita a recordar, año con año, por medio de una fiesta litúrgica, este hecho portentoso; además de algunas otras razones históricas que excederían nuestro objetivo si aquí quisiésemos tratarlas. Dicha fiesta es celebrada en toda la Iglesia el día catorce de septiembre, pero por motivos pastorales, la celebramos en México el día tres de mayo, muy cerca de la memoria de San José Obrero que se celebra el primero de mayo.

Los textos litúrgicos de la fiesta a la que nos referimos, son, como del resto todos los demás textos usados en la «sagrada liturgia», muy ricos de contenido y nos ayudan a saber cómo celebrar, en modo adapto, cada celebración en lo particular.

La oración colecta nos dice: «Dios nuestro, que quisiste que tu Hijo muriera en la Cruz para salvar a todos los hombres, concédenos aceptar por su amor la cruz del sufrimiento aquí en la tierra, para poder gozar en el cielo los frutos de su redención». Nos recuerda la muerte del Hijo para salvarnos. Es muy interesante el hecho que nos recuerde el «sufrimiento aquí en la tierra», dicho sufrimiento es colocado en su justo lugar. El hombre debe «aceptar» por amor a Cristo «la cruz del sufrimiento», porqué solo así podremos «gozar en el cielo los frutos de su redención». El sufrimiento, tan difícil de comprender humanamente, logra encontrar su lugar en la cruz de Cristo, en ese acto de amor inmenso y sin cálculos.

Es justamente por este grandísimo significado de la cruz que, en cada templo, debe estar presente y bien visible un crucifijo, que nos recuerde lo que hemos dicho anteriormente. Por ello también debemos recordar que al santiguarnos, con el signo de la cruz sobre nuestros cuerpos, debemos hacerlo con respeto. El entonces Cardenal Ratzinger en su Introducción al Espíritu de la Liturgia, acerca de este gesto nos recuerda que «santiguarse con la señal de la cruz es un sí visible y público a Aquél que ha sufrido por nosotros; a Aquél que hizo visible en su cuerpo el amor de Dios llevado hasta el extremo» (Ediciones Cristiandad, Madrid 20022, 201). Y por otro lado que, «la cruz nos muestra el camino de la vida: el seguimiento de Cristo» (ibid, 202).

Que la humildad de Cristo y su amor que lo llevó a morir en la Cruz nos recuerde siempre, al mirar la cruz, qué magnífico Rey, Dios Padre, nos ha concedido.



30 de abril de 2012

Días de alegría


“En verdad ha resucitado el Señor, aleluya. A él la gloria y el poder por toda la eternidad”.


La Cincuentena Pascual es, en el conjunto del Año litúrgico, el “tiempo fuerte” por excelencia. Es necesario, por lo tanto, recuperarlo y vivirlo como tal, aunque los modos actuales están lejanos de ello. Si algún ciclo debe distinguirse como algo “diverso” de los días habituales, más que la Cuaresma o que el Adviento, ha de ser sin duda el ciclo de estos cincuenta días de alegría, pues responde muy bien al carácter fundamental del cristiano que es anuncio de alegría y liberación. Por ello precisamente el tiempo de Pascua fue el primero que los cristianos se sintieron como obligados a celebrar en razón de su misma fe.


Esta fiesta tan prolongada, en relación con lo habitual, puede ser una invitación a vivir la originalidad radical del cristianismo, a experimentar hasta qué punto “los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá” (Rom 8,18), a poner un signo de que creemos que la alegría que el Señor nos depara es algo que “ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el hombre puede pensar” (1 Cor 2, 9). Resulta pues necesario hacer un esfuerzo -quizás una gran conversión- para llegar a celebrar y mantener los signos de alegría extraordinaria durante este largo período.

La Pascua es la fiesta de nuestra redención y, por tanto, fiesta de acción de gracias y de alegría. La Resurrección del Señor es una realidad central en la fe católica y como tal fue predicada desde los comienzos del Cristianismo. La importancia de este milagro es tan grande, que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección de Jesús. Anuncian a Cristo que vive, y éste es el núcleo de toda su predicación. La Resurrección es el argumento supremo de la divinidad de Nuestro Señor.

La Resurrección de Cristo es una fuerte llamada al apostolado: ser luz y llevar la luz a otros. Para eso debemos estar unidos a Cristo. Instaurarlo todo en Cristo, para que nuestro Señor vuelva a reinar en donde ha dejado de reinar, por eso es necesario que lo anunciemos con nuestro testimonio y demos ejemplos de que Él ha resucitado, amándonos los unos a los otros como Él nos amó, con un corazón sincero y dispuesto a entregarlo todo por amor, en esto consiste el don del amor, que no tiene límites, al contrario trasciende hacia la vida eterna, para reinar con Cristo, pero el servicio es el medio más adecuado para santificarnos, el que no vive para servir, no sirve para vivir, esta es la manera de ser los más grandes en el reino de los cielos, y todos estamos llamados a participar en esta noble tarea que es propia del cristiano.

valentin.mata@ccr.org.mx

Referencias:
Calendario Litúrgico - Pastoral, 2012 México
Fernández F, Hablar con Dios “Pascua” 1987 Madrid

26 de abril de 2012

La fuerza de sus palabras


Eran aproximadamente las 15:30 hrs del viernes 23 de marzo. Nuestro grupo de unas 70 personas y muchas otras más llevábamos un par de horas a las afueras del Aeropuerto de León, Guanajuato, cuando en el horizonte se vio aparecer un avión que venía bajando.  Se escuchaban murmullos: ¿Es él? ¡No, aún es temprano!... ¡Sí, es el Papa!

Inmediatamente se escuchó una explosión de júbilo y alegría entre todos los que nos encontrábamos ahí y, aunque tuvimos que esperar antes de que lo viéramos bajar del avión, los corazones latían  aprisa y la emoción se sentía en el aire. En un abrir y cerrar de ojos el Papa ya había bajado del avión. Escuchamos el discurso del Presidente y el mensaje de Su Santidad, que de una manera clara y directa nos decía: “Vengo como peregrino de la fe, de la esperanza y la caridad. Deseo confirmar en la fe a los Creyentes en Cristo, afianzarlos en ella y animarlos a revitalizarla con la escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos y la coherencia de vida”.

¡Y realmente fue así! Unos días antes de la visita, aún había muchas personas que dudaban de la respuesta del pueblo mexicano y, fue realmente impactante cómo desde el primer momento las calles estuvieron abarrotadas para poder ver pasar al Papa. Cualquier persona no creyente podría preguntarse el por qué de dicha reacción: ¿por qué esperar dos horas para ver pasar a un simple ser humano en 2 segundos? ¿Por qué pasar una noche a la intemperie, lleno de incomodidades humanas, y esperar aún toda la mañana para escuchar una Misa al rayo fulminante del sol? La respuesta es simple y a la vez complicada: porque todos los mexicanos vimos en el rostro del Papa el rostro de Cristo, porque en sus palabras  escuchamos las palabras de Cristo, porque su mensaje de fe, esperanza y caridad fue como una chispa que encendió un fuego inapagable en nuestros corazones, que nos recordó las raíces profundamente católicas que tiene nuestro pueblo, y que nos hizo conscientes de que por más difícil que sea la situación en nuestro país, “no debemos entristecernos, como quien no tiene esperanza, al contrario, la confianza en Dios nos ofrece la certeza de encontrarlo, de recibir su gracia, en eso se basa nuestra esperanza Cristiana, y es precisamente esa esperanza la que nos da el ímpetu para esforzarnos por transformar las estructuras y acontecimientos poco gratos en nuestro país”.

El domingo 25 de marzo, después de una agotadora noche prácticamente sin dormir, el Papa presidió la Misa en el Parque Bicentenario. Fue realmente sobrecogedor poder ver a más de cincuenta mil personas que aún a pesar del cansancio, el sueño,  la sed y tantas otras dificultades, se encontraban para compartir la Santa Misa con el Papa y se entregaron por completo a él, además, había muchos millones más siguiéndolo por los medios de comunicación, todos con una sed hiriente de escuchar esa fuerza que transmiten sus palabras.

Es difícil explicar con palabras el gozo y la profunda impresión que causaron las palabras del Papa en los corazones de los mexicanos. No sabemos si se podrá repetir un experiencia de esa magnitud; de  lo que sí estamos seguros es  que nos ha dejado un fuerte deseo, una fuerza que nos impulsa a dejar de permanecer pasivos a la espera de un México mejor, y como él mismo nos lo dijo en su discurso de despedida: “deseo reiterar con energía y claridad un llamado al pueblo mexicano a ser fiel a sí mismo y no dejarse amedrentar por las fuerzas del mal, a ser valiente y trabajar para que la savia de sus propias raíces cristianas haga florecer su presente y su futuro.”

bernardo.valle@ccr.org.mx

16 de abril de 2012

¡Hoy es el cumpleaños del Papa!


«Annuntio vobis gaudium magnum; Habemus Papam. Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Josephum Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Ratzinger qui sibi nomen imposuit Benedicti XVI».



Estamos a unos cuantos días del 7º aniversario de la Elección (19 de abril) y del Inicio del Pontificado (24 de abril) del papa Benedicto XVI, son siete años en los cuales Dios ha manifestado su Amor Misericordioso a su pueblo rescatado por su Hijo Unigénito. El plan programático que ha seguido Su Santidad por estos siete años ha sido el de ponerse a la escucha con toda la Iglesia de la palabra y la voluntad de Dios y dejarse conducir por Él. Pero antes de seguir hablando sobre el 7º aniversario petrino de S. S. Benedicto XVI, hablaré sobre su cumpleaños: hoy el Papa cumple 85 años.

La segunda semana de Pascua del año 2007, conocida como el domingo de la Misericordia, coincidió que el Papa cumplía 80 años. En la homilía pronunciada ese día el Santo Padre habló sobre la Misericordia que Dios ha tenido con él, pues la vida propia sirve para anunciar la Misericordia de Dios. Uno de los grandes dones de la Misericordia divina que el Papa ve en su vida es que se le haya concedido la gracia de que naciera y renaciera –fuera bautizado- el mismo día: el inicio de la Pascua. De esta forma el Papa dice que nació como miembro de su familia y «de la gran familia de Dios.»[1] 
Durante estos 7 años de que el Cardenal Joseph Ratzinger fue nombrado sucesor de Pedro ha tenido un gran desafío: la guía de la barca de Pedro hacia su Señor. Estos siete años bajo la guía del Papa Benedicto XVI la Iglesia entera se ha alegrado con tantos acontecimientos: el regreso de varios hermanos cristianos de otras confesiones a la Iglesia Católica, la ceremonia de beatificación del papa Juan Pablo II, las tres Jornadas Mundiales que ha presidido, las 24 visitas apostólicas a varios países, entre ellos México, dio un discurso a los miembros de la O.N.U.... También ha dado a la Iglesia varios Señores Cardenales en cuatro consistorios, ha dado tres exhortaciones apostólicas, ha escrito tres encíclicas...

Al inicio de su Pontificado decía que él debía asumir un cometido inaudito, que supera  toda capacidad humana, por eso pedía a toda la Iglesia que rogáramos a Dios para que ame cada vez más a Dios, a su rebaño -la Santa Iglesia-, y «para que, por miedo, no huya ante los lobos.»[2] Sigamos orando a Dios para que ilumine al Santo Padre, para que siga guiando fielmente a la Iglesia, para que siga yendo por la oveja perdida, para que nos siga mostrando el rostro de Cristo: «Pedid a nuestro buen Dios que fortalezca la fe, incremente el amor y aumente la paz en nuestros días. Que me haga a mí, su humilde siervo, idóneo para su tarea y útil para vuestra edificación, y me conceda prestar un servicio tal que, junto con el tiempo que se me conceda, crezca mi entrega. Amén.»[3]


[1] Op. cit.
[2] Homilía de Inicio de Pontificado
[3] Ibid. Homilía II Domingo de Pascua

Por: Alejandro Gutiérrez, C.C.R.
alejandro.gutierrez@ccr.org.mx