El 23 de mayo, Latinoamérica se
acordará que exactamente dos meses antes fue visitada por el sucesor de Pedro
número 265, Benedicto XVI. Entonces, tal vez sea momento de reflexionar cuánto
han arraigado sus palabras en nuestro corazón, de preguntarnos cuán atentos
hemos estado a las palabras del Pescador. Por eso, este artículo está dirigido
a recordar la homilía que el Santo Padre predicó el domingo 25 de marzo en el
Parque Bicentenario. Cabe destacar que se dirigió expresamente a naciones
católicas, marianas y que están en el centro de una nueva evangelización (Cf.
Las palabras del Papa)
Su prédica comienza con una
petición del salmo 50: “Crea en mí, Señor, un corazón puro”. Explicándolo desde
el contexto de Israel, el Papa nos señalaba que a partir de la conciencia del
mal y del pecado prácticamente imposibles de superar, surge esta súplica de un corazón puro y humilde. Porque
las situaciones insoportables, oscuras y sin futuro nacen de nuestro corazón, y
nuestra impotencia ante esta realidad nos lleva a rogarle al Señor
infinitamente misericordioso para que nos transforme.
A partir de aquí, el Papa nos
lanzó la primera directriz: la actitud del corazón totalmente humillado y
confiado en el Señor, “nos puede recordar hoy a cada uno de nosotros y a
nuestros pueblos que, cuando se trata de
la vida personal y comunitaria, en su dimensión más profunda, no bastarán las
estrategias humanas para salvarnos. Se ha de recurrir también al único que
puede dar vida en plenitud, porque él mismo es la esencia de la vida y su
autor, y nos ha hecho partícipes de ella por su Hijo Jesucristo”. ¿Qué quiere
decir esto? Que debemos aceptar que la salvación, la vida y la plenitud solamente
se nos dan en el encuentro con Cristo.
Ahora, ¿dónde se nos da ese
encuentro? ¿Qué respondió Jesús a los griegos que lo buscaban? “Ha llegado la
hora de que el Hijo del hombre sea glorificado” (Jn, 12, 23); glorificación que
se da en la Cruz. Aquí está la segunda directriz: el encuentro con Cristo se da en la Cruz. Por la Cruz llegamos al
verdaderísimo Dios, por quien se vive, al Creador de las personas, de la
cercanía y de la inmediación, del Cielo y de la Tierra.
Y a través de la Cruz
comprendemos también cómo es la realeza de Cristo. La tercera directriz está en
comprender que Él es Rey y su reinado, que
nadie le podrá quitar ni debe olvidar,
se funda “en un poder más grande que
gana los corazones: el amor de Dios que él ha traído al mundo con su sacrificio
y la verdad de la que ha dado testimonio.” Y no en la fuerza ni la
violencia.
Después de señalarnos que la
salvación la encontramos en Cristo, que a Él lo encontramos en la Cruz y que Él
es Rey desde la Cruz, Su Santidad nos recordó cómo hay que acoger el Reino: “para
que Dios habite en nosotros, hay que escucharlo, hay que dejarse interpelar por su Palabra cada día, meditándola en el propio corazón,
a ejemplo de María”. De esta forma crecerá nuestra amistad personal
con Él, aprenderemos lo que espera de nosotros y recibiremos las fuerzas para
llevarlo a los demás.
El “llevarlo a los demás” es la cuarta directriz. El Papa Benedicto
hizo una especial referencia a Aparecida. Nos pidió revitalizar la fe en
nuestro continente “desde el encuentro personal y comunitario con Jesucristo”.
Nuestra misión es superar el cansancio de la fe y recuperar la alegría del ser
cristianos, alegría de la que brotarán “las energías para servir a Cristo en las situaciones agobiantes de
sufrimiento humano, para ponerse a su disposición, sin replegarse en el propio
bienestar”. El Papa nos urgió a
compartir la fe.
Estas
fueron las cuatros directrices que
podemos encontrar en la Homilía del Papa; mas, para finalizar, no olvidemos la
amorosa petición con la que se dirigió a la Virgen al terminar: “Pidamos a la
Virgen María que nos ayude a purificar nuestro corazón, especialmente ante la
cercana celebración de las fiestas de Pascua, para que lleguemos a participar
mejor en el misterio salvador de su Hijo, tal como ella lo dio a conocer en
estas tierras. Y pidámosle también que siga acompañando y amparando a sus
queridos hijos mexicanos y latinoamericanos, para que Cristo reine en sus vidas
y les ayude a promover audazmente la paz, la concordia, la justicia y la
solidaridad. Amén.”
pablotomas.patrito@ccr.org.mx







